
Turmequé Boyacá Colombia.
Historia de Turmequé, Boyacá.
Turmequé era un caserío anterior a la conquista, cuya fundación se remonta a antes de 1536 por indígenas Chibchas Muiscas. En la época prehistórica y hasta casi finales del siglo XVIII el territorio de este municipio era muy extenso, de cuyo suelo se formaron las poblaciones coloniales de fundación española, llamados Hato Viejo (1773), hoy Villa Pinzón (1904) y Ventaquemada (1776). Ninguna de estas desagregaciones le quitó la importancia regional a este municipio, puesto que por línea histórica todos los pueblos vecinos seguían dependiendo de éste. El hecho de no figurar ninguna fecha ni acta de fundación prueba la complejidad de organización en que se encontraba esta agrupación aborigen. Por tanto, en la historia de Turmequé no se registra fundación colonial, ni se encuentran Ordenanzas de creación que determinen sus límites reales. Los habitantes fueron Muiscas, su mercado era uno de los más importantes de la región y se realizaba cada tres días, allí los indígenas mostraban tunjos de oro, esmeraldas, ollas y sal. Este caserío parece ser la cuna del tejo y en 1.537 fue descubierto por Gonzalo Jiménez de Quesada. Allí escribió Don Diego Torres el primer “Memorial de Agravios”, denuncia de los abusos que se cometieron contra los indígenas. Este escrito fue llevado a la corte de España. Se creó el primer taller de la Cultura de la colonia por Baltasar de Figueroa. Fue elevada a la dignidad de parroquia el 7 de octubre de 1776 y desde 1757 operaron los alcaldes pedáneos. Los españoles lo llamaron “Valle de las trompetas”. En la independencia recibió el título de “Villa Republicana”.
En el territorio de Turmequé se encuentran tres ramales de la Cordillera Oriental de Los Andes llamados Pozo Negro, Páscata y otro situado al Occidente. La sección sudoeste se llama Volcán Blanco y la Noroeste Rinchoque. El centro Urbano mora en un plano inclinado hacia el occidente.
Así éramos los Muiscas
Organizábamos fiestas cada vez que nacía un niño en el pueblo. Festejábamos con cantos y bailes las buenas cosechas y las victorias de nuestros guerreros. Nunca faltaban los músicos ni la chicha, hecha de maíz molido y fermentado que nos daba ánimo y alegría.
Los mayores jugaban al turmequé, lanzando gruesos discos de cerámica hasta que cayeran entre un hueco del mismo tamaño Los jóvenes más fuertes participaban en carreras. Corrían varios días, subían montañas y atravesaban ríos y lagunas. Debían seguir un recorrido que pasaba por varios santuarios. A la llegada, el cacique coronaba al campeón y lo premiaba con una manta bellísima. Se organizaban luchas entre varios hombres. El ganador se volvía guerrero. Jugábamos con ollitas de barro.
Algunos de los nuestros eran mineros y sacaban esmeraldas, cobre, carbón y sal. La sal fue para nosotros muy importante y nos dio mucho poder. La cambiábamos con nuestros vecinos por oro coca, frutas y algodón. Nuestra sal provenía de las fuentes saladas de Nemocón, Zipaquirá y Tausa. Los hombres cargaban el aguasal desde las fuentes hasta los hornos comunales.
Allí las mujeres permanecían llenando el aguasal las gachas o vasijas especiales y avivaban el fuego con la leña que los niños les llevaban. Poco a poco el agua se evaporaba y sólo quedaba la sal entre las ollas. Con hachas muy fuertes rompían las vasijas para sacar los panes de sal.
Por angostos caminos los comerciantes cruzaban las montañas cargando a la espalda panes de sal, bultos de ollas, mantas y alimentos. En las fronteras encontraban tribus vecinas y cambiaban sus productos por oro, algodón, plumas, coca y caracoles marinos. En ciertos sitios especiales y también en muchos pueblos había mercado cada 4 días. Los días de mercado eran diferentes en cada sitio lo que permitía que hubiera todos los días de la semana un lugar donde ir a mercar .
Toda mi familia bajaba a Chocontá.
En silencio intercambiábamos mercancía por el sistema de trueque. Vendíamos las esteras y las mantas que tejían mis abuelos y regresábamos cargados de comida para toda la semana.
Los güechas cuidaban las fronteras. Eran soldados muy bien entrenados que defendían nuestras tierras de los Panches, Muzos y Colimas. Estos enemigos lanzaban flechas envenenadas. Se comían a los prisioneros Muiscas y usaban sus cabezas como trofeos.
Nuestros guerreros, los güechas, usaban macanas, lanzas y hondas. Lanzaban dardos incendiarios con sus quesques o propulsores y se defendían con escudos de cuero. Durante las batallas cargaban las momias de antiguos guerreros para
sentir valor.
Las mujeres distribuían chicha y los músicos tocaban sus tambores y caracoles.
Cuando había un problema muy grave que resolver, como una guerra o una hambruna, se reunían los caciques y usaques de nuestras tribus. Juntos escogían una solución.
Para comunicársela al resto de la gente, enviaban tiuquines, hombres ágiles y fuertes, que llevaban corriendo las noticias de pueblo en pueblo.
Nuestras fiestas de fin de año eran sensacionales. Todos, niños y grandes, dirigentes súbditos, íbamos a la procesión del templo del Sol en Suamox (Sogamoso). Eramos miles de peregrinos. Nos pintábamos la cara y el cuerpo según los dibujos de nuestra tribu y nos poníamos nuestra mejor manta.
Llevábamos ofrendas al templo y pedíamos buena salud y abundantes cosechas. Después, el cacique nos invitaba a su cercado a tomas chicha y a bailar durante varios días.
Los futuros sacerdotes recibían desde niños una larga educación. Cuando se volvían jeques, cuidaban los templos y dirigían las ceremonias religiosas. También enterraban a los muertos; a los grandes jefes, los momificaban primero. Eran ellos los que entregaban nuestras ofrendas a los dioses en los santuarios.
Mascaban mucha coca y por eso siempre cargaban su mochila, llena de hojas, y su poporo, recipiente donde tenían cal para poder masticar con la coca.
Educaban niños que llamaban moxas y que a los 15 años tenían que sacrificar y ofrecerle su sangre al dios Sol.
Los jeques además sabían muchas cosas. Por el movimiento de estrellas y nubes predecían lluvias, vientos, hielos y cambios de temperatura. Curaban muchas enfermedades con hierbas y podían interpretar los sueños. Por loscambios de luna, calculábamos el tiempo y sabíamos cuándo había que sembrar, abonar y podar las plantas.
Como puedes darte cuenta, los Muiscas constituíamos una Nación muy organizada.
Varias familias formaban un clan, varios clanes una tribu y varias tribus un cacicazgo. Además cada persona, según su oficio, pertenecía a un grupo. Los caciques y usaques nos dirigían, los gêchas o guerreros nos defendían. Los jeques o sacerdotes nos curaban y nos ponían en contacto con los dioses. Los artesanos y los mineros hacían nuestra vida más agradable y bella.
Los comerciantes nos traían cosas nuevas y raras. Nosotros, los que cultivábamos la tierra, éramos el grupo más numeroso. Les dábamos comida a todos los demás. Eramos la vida de nuestro pueblo. Así, cada grupo ayudaba a que todos viviéramos en orden y paz.

Título: Así éramos los Muiscas
Fecha de publicación:
Autor: Calvi, Gian; Giraldo de Puech, María de la Luz
Biblioteca Banco de La República


